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Los niños(as) en los primeros meses de vida, tienen la capacidad de distinguir al padre de la madre y, si bien no se puede afirmar que esta capacidad sea importante para la supervivencia de éste, sí se puede inferir que tiene un valor para su desarrollo pleno. Los niños que han tenido un padre presente, entre los tres primeros años de vida, son más seguros en la exploración del mundo que les rodea, son más curiosos y menos dubitativos frente a los nuevos estímulos.

Se ha demostrado que estos niños, llegado el momento de ir a la escuela, están mejor preparados, tienen mayor tolerancia a la tensión y frustración, están más capacitados para esperar su turno, presentan mayores habilidades sociales, mantienen interés en su trabajo y confianza en sus propias capacidades y destrezas para trabajar.

Un aspecto indirecto fundamental se desprende del rol del padre como fuente de apoyo emocional para otras personas distintas del hijo, principalmente de la madre involucrada en el cuidado directo del niño, ayudando a mejorar la calidad de la relación materno-infantil, y por ende a facilitar la adaptación positiva del niño. Si la mujer siente el compromiso del padre con sus hijos, ella estará más dispuesta en su rol de madre y se sentirá más satisfecha.

La imagen del padre influye en todas las áreas del desarrollo del niño(a), su rol es tan importante como el de la madre, ambos son valiosos y necesarios para su desarrollo, aunque son diferentes. Los niños(as) que crecen en un hogar donde padre y madre cumplen su rol, van a tener mayor estabilidad emocional, que los que tuvieron ausencia de alguna de las dos figuras. El niño necesita modelos vivos y cercanos, de padre y madre, en los que reflejarse, de los que aprender los patrones de relación con los otros. Si el hijo es varón todavía necesitará más de su padre para construir su propia identidad masculina.

Pero ¿qué ha pasado con el rol del padre en nuestra cultura? Pareciera que hoy lo percibimos como una figura más débil casi reemplazable (abuelo, hermano mayor, tío o profesor). La figura paterna se ha venido catalogando como ineficiente y poco competente para los roles y conductas asociadas a la crianza, dejándolo como facultad privativa sólo de la madre.

El padre ya no está tan presente, así el niño, en lugar de internalizar la autoridad paterna afectiva y desarrollar una identidad provista de principios autónomos queda a merced de otros modelos de hombre que le llegan fundamentalmente a través de los diferentes medios de comunicación o del entorno que le rodea.

El ser padre es una experiencia enriquecedora, que no se ha venido valorando y, por tanto, se ha descuidado su rol en la crianza de los hijos, dejándolo fuera en una tarea ineludible y critica para el desarrollo pleno del niño(a). El amor del padre es un amor que transmite seguridad y avance en habilidades básicas para el desempeño y desarrollo pleno del niño(a), por tanto, el rol de la figura paterna, debe ser fortalecido y estimulado como elemento fundamental e irremplazable en las habilidades adaptativas de crianza.