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Entre los diversos problemas que le puede ocurrir al sistema familiar, el divorcio de los cónyuges, es sin duda el más dramático y el que provoca el mayor grado de sufrimiento en todos los miembros del grupo familiar. Su potencial sufrimiento afecta patrones de relación, lealtades, seguridad personal y del grupo, se vive igual que la muerte de un familiar querido, produciendo una sensación de pérdida sutil pero real.

Se afectan tanto las relaciones con las familias de origen, como las sociales y económicas. La separación implica una pérdida inevitable que todos los miembros del sistema familiar deben enfrentar. La separación representa, en mayor o menor medida, un período de crisis que requiere de cambios y ajustes en toda la familia.

 

El Divorcio: Cuando la familia se separa

Las parejas que vivencian la separación o el divorcio, experimentan un torbellino de emociones que van desde la tristeza, la angustia, la culpa, el desconcierto, hasta la euforia que, provoca la creencia de que todos los problemas se han solucionado con esta decisión. Es en este periodo cuando la pareja necesita más tiempo para sí mismos, para afrontar las emociones que acompañan a la ruptura y decidir el nuevo curso de acción a seguir en sus vidas. Sin embargo, dentro del sistema familiar, son los hijos/as los que reciben el mayor impacto del rompimiento, y son estos los que más necesitan del apoyo, confianza y amor de los padres.

El quiebre de la pareja conyugal es un proceso doloroso, estresante, largo y conflictivo. Cada familia lo vive con características propias. Son los momentos previos a concretar la separación cuando se produce el mayor aumento de tensión en la familia. Por tanto, es importante enfatizar en el control que deben tener los padres para evitar discutir en presencia de los hijos/as, menos aún sobre los temas de custodia, visitas, o dinero de manutención. Para los hijos/as presenciar estas discusiones es muy estresante, puesto que sus padres son las dos personas que más quieren y se sienten más seguros. Frente a esto, es aconsejable que los padres se hagan asesorar por un tercero imparcial (mediador familiar), para llegar a acuerdos difíciles de conseguir por si solos.

La primera tarea del proceso de reconstrucción que debe emprender la pareja, es afrontar los sentimientos de fracaso, rabia, tristeza o culpa. La segunda, es la de superar el aislamiento emocional y social. Esto requiere tiempo y la firme voluntad de reconocer la propia valía como individuo, y evitar las interacciones negativas con el ex cónyuge en favor de una tarea conjunta, el ser padres. Otros de los sentimientos que surgen, suelen ser con frecuencia algunos miedos por parte de la pareja, como perder el afecto y el control sobre los hijos/as, la aceptación de la nueva pareja del exconyuge, ser comparados o sustituidos por este, y miedo a la soledad entre otros.

Las conductas que los hijos/as pueden presentar ante el divorcio, son debida a toda la situación de conflicto y tensión previa, durante y después del divorcio, ahora, la forma en que los padres lleven a cabo este proceso, será clave, ya que a veces es mejor una separación acordada que el mantenimiento de una relación conflictiva y negativa para todos los miembros de la familia.

Por lo general, el impacto emocional que los hijos/as sufren es de importancia, por lo que se hace necesario preguntarse ¿Cómo ayudar a los hijos/as a afrontar un cambio que altera todo su universo familiar? Es aconsejable informar conjuntamente (papa y mama) a los hijos/as sobre la nueva situación que va a desarrollarse, en un clima de confianza, afecto y tranquilidad, siempre teniendo presente la edad de los hijos y dejándoles expresar sus sentimientos.  Esto les ayudará a prepararse y adaptarse a los muchos cambios que conllevará esta nueva etapa. Sin embargo, la única forma de minimizar el daño dependerá directamente de cómo se comporten los padres tanto individual como conjuntamente, así como de las decisiones que tomen a partir de este momento. Por tanto, es necesario tener claro que aunque la relación de pareja conyugal ha concluido, el rol de padres sigue intacto, y será un vínculo permanente entre los exconyuges, que no termina jamás.

 


 

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Como lo vivencian los hijos?

 La separación de los padres tiene un efecto directo sobre el mundo emocional, psicológico y conductual de los hijos/as. En este proceso, los hijos/as presentan un alto nivel de ansiedad, miedo al abandono de los padres, pérdida de hábitos ya adquiridos, escasa capacidad para entender el divorcio y tendencia a culparse a sí mismos por la separación.  Por tanto, es fundamental que los hijos/as entiendan que no han tenido culpa de los problemas que han llevado a papa y mama a tomar esta decisión, e insistirles en que a pesar de estar separados el amor y preocupación hacia ellos siguira inalterable. Una comunicación clara por parte de los padres, con respecto a los cambios que este proceso conllevará y su permanencia en el tiempo, aminora el estrés y la incertidumbre que produce el divorcio en los hijos/as.

Los primeros meses son fundamentales en los hijos/as para ajustarse al nuevo sistema, por lo que no es conveniente introducir más cambios de los absolutamente necesarios, idealmente mantenerse en el mismo domicilio por un tiempo, el mismo colegio (informando a los profesores de la situación que esta viviendo la familia, como una forma de estar informados de cualquier cambio en el rendimiento académico o comportamiento de sus hijos/as), conservando los mismos amigos y lo mas importante NO perder la vinculación con la familia de origen de ambos cónyuges, ya que esta representa para los hijos/as una estabilidad emocional y una red de apoyo incondicional.

Los niños en edad escolar, suelen presentar sentimientos de tristeza, miedo e inseguridad. La necesidad de estar con ambos padres es muy profunda y añoran el contacto con el padre que se ha marchado. Estos sentimientos se manifiestan en ocasiones con un deficiente rendimiento escolar, dificultades para hacer nuevos amigos, peleas con sus pares, mal humor o un decaimiento excesivo, aislamiento, apego excesivo con el progenitor con quien viven, fantasías desproporcionadas, llanto fácil, infringen normas y reglas en casa y colegio.

También es frecuente que muestren tristeza e irritabilidad cuando regresan de casa del progenitor que no vive con ellos, en ese caso es necesario darles tiempo hasta que se adapten al nuevo ambiente familiar. En la adolescencia la reacción al divorcio suele manifestarla con sentimientos de irritación, violencia y tendencia a culpabilizar a uno de los dos progenitores y como este hecho va a cambiar sus vidas.

Para evitar o reducir la duración de estas consecuencias, es importante que ambos padres mantengan una relación y comunicación sana, continúa y afectiva con los hijos, evitando utilizarlos de mensajeros o confidentes, ya que de esta forma evitará que sus hijos tomen partido por uno u otro progenitor y además, se sientan culpables.

Otra situación que genera conflictos es disputarse el afecto de los hijos con el ex cónyuge a través de la entrega constante de bienes materiales, juguetes, viajes, etc, este hecho suele interpretarse como un mecanismo de chantaje psicológico al que se les somete a los hijos, afectándolos de forma negativa en el desarrollo de su personalidad, causándoles un perjuicio grave, motivado por nuestro propio egoísmo.

Por último las visitas es otro foco de conflicto entre los padres, llegando los niños al punto de no querer ver al progenitor que ha dejado el hogar, con tal de evitar la hostilidad entre ambos padres, por tanto, es importante respetar y reconocer los acuerdos adoptados Todos los esfuerzos que los progenitores realicen para sobrellevar este delicado proceso, se verá compensado con la salud mental de sus hijos.

 


 

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Familia Reconstituida

 

Como consecuencia directa del divorcio, se encuentra el surgimiento de nuevas estructuras y modelos de familias, una de ellas es la Familia Reconstituida, que se desarrollan con posterioridad al divorcio, que se construyen a partir de un progenitor con hijos que se vuelve a casar.

Se trata de una organización que impone grandes retos a sus integrantes, donde están presentes las pérdidas y ganancias que ha implicado la ruptura conyugal para sus diferentes miembros. Precisamente por la dinámica al interior de estas, junto con el período de adaptación y transición que viven, planteando enormes desafíos para la vida familiar.

Aunque cada familia reconstituida tiene sus propias particularidades, algunas de las características es que, son familias en transición, es decir, familias que tienen que asumir un número importante de cambios en un corto período de tiempo, al menos más corto que lo que es habitual en las familias convencionales.

El papel del progenitor no está definido con tanta exactitud dentro de las categorías de derechos y obligaciones, como se define tan claramente en las familias nucleares. El deber de amar y cuidar a los hijos de la pareja, que no son propios, puede contradecir los sentimientos del nuevo cónyuge. Puede darse también la situación inversa, los niños pueden también experimentar como inapropiado el tener sentimientos por el nuevo progenitor que es biológicamente un extraño.

Muchos padres NO biológicos (padrastros o madrastras) no tienen una idea clara del rol que deben desempeñar en su nueva familia. Se enfrentan siempre a la pregunta “en que medida ser progenitor”, la mayoría de ellos prueba un papel tras otro, buscando establecer un modelo aceptable para ellos mismos y para el resto de la familia. Una de las principales dificultades asociadas con el rol de progenitor, se refiere a la falta de seguridad, si el papel se desarrolla en forma adecuada, pues no hay ningún modelo de referencia.

Existe temor a ser juzgado por el progenitor biológico, este último puede ser excesivamente sensible a la actitud del progenitor no biológico con el hijo. Esta aprensión puede asociarse entre otras cosas a la ansiedad que se genera en el progenitor biológico, el que el hijo establezca un vínculo emocional con el padrastro, que puede ir en detrimento del vínculo primario.

La familia reconstituida tiene que sortear una serie de obstáculos inherentes a la nueva relación, aceptar que su nueva pareja trae una historia de la cual no es parte, reconocer que siempre existirá la expareja con quien tendrá que relacionarse en pro de los hijos, ganarse el cariño de los hijastros y la familia de origen del nuevo cónyuge que, muchas veces no acepta la nueva relación, adaptarse a los nuevos amigos tanto de los hijastros como de la pareja, nueva casa, colegio, entre otros.

La nueva relación conyugal, nace con un legado de dolor y de desesperanza del primer matrimonio, por tanto, la integración y el bienestar de la nueva familia, va a depender especialmente de la creación de una relación conyugal sólida y satisfactoria.

Los integrantes de las familias reconstituidas, deben tener presente que el establecimiento de un sentimiento de pertenencia a la nueva unidad familiar llevará algún tiempo, como también la tolerancia, el respeto y el cariño hacia el resto de los miembros implicados, por lo tanto, mantener una actitud flexible, asertiva, un dialogo permanente y por sobre todo la donarción al otro (pareja), será fundamental para que cada miembro encuentre su espacio dentro de este nuevo sistema familiar.